EL PERGAMINO

DE MARCOS

(relato imaginario)

 

            Marcos no pudo evitar que su mente vagara lejos de allí, evocando antiguos recuerdos que parecía tener olvidados. La nave había partido del puerto de Tróade hacía unos días y estaba ya impaciente por llegar de nuevo a Roma. En este viaje acompañaba a Timoteo, a quien Pablo había encargado que lo llevara consigo para visitarlo en la prisión de Roma, donde el apóstol de los gentiles estaba preso. En Tróade, siguiendo las instrucciones de Pablo, habían recogido un abrigo que éste se dejó allí en una visita anterior y un pergamino de gran valor[i]. Y luego se habían embarcado, dispuestos a dar consuelo a su amigo Pablo en este momento de tribulación. Marcos estaba también ansioso de llegar a la capital del Imperio para saludar allí a todos los amigos que había dejado en su anterior viaje. Se acordaba en especial de Rufo, con quien había congeniado particularmente; seguro que su amigo insistiría en que se alojara en su casa, en la que vivía con su madre, la que había sido esposa de Simón de Cirene.[ii]

            Mientras paseaba por la nave que lo llevaba hacia Roma, Marcos evocó aquellos lejanos sucesos que tanto habían significado en su vida. Habían transcurrido más de treinta años. Aquella noche Jesús y los doce apóstoles cenaron en la casa de los padres de Marcos, en Jerusalén, en la sala grande del piso superior[iii]. Entonces él apenas tenía diez años, pero lo recordaba todo perfectamente. Su madre, María, ayudada por Rosa, la sirvienta[iv], había acondicionado el lugar donde Jesús iba a cenar con sus amigos. Marcos sonrió al recordar cómo él había participado en aquellos preparativos esperando a los dos enviados de Jesús llevando un cántaro de agua: era la señal secreta para que lo identificaran y lo siguieran[v]. Pero poco le duró a Marcos la sonrisa, ya que no pudo dejar de pensar en todo lo que sucedió después de la última cena.

            Cuando Jesús y sus apóstoles, después de la cena, se dirigieron al monte de los Olivos, en la casa de Marcos, una vez limpiada la sala y retiradas las sobras, reinó un gran silencio. Cuando todos se hubieron retirado a dormir, el joven Marcos se cubrió con una túnica y, sin que sus padres se dieran cuenta, salió a las solitarias calles de Jerusalén para ver lo que hacía Jesús con los suyos. Cuál no sería la sorpresa y el miedo de Marcos cuando, al llegar cerca del monte de los Olivos, observó que un grupo de soldados del Templo, a la cabeza de los que iba Judas, se dirigía con antorchas hacia el lugar en el que debía estar descansando Jesús con los suyos. Marcos se escondió detrás de los árboles y siguió a la comitiva. Al fin llegaron donde estaba Jesús. Lo que sucedió a continuación fue muy confuso. Años más tarde se lo contó Pedro con detalle. Lo que Marcos recordaba es que, en el tumulto, él tuvo que salir de su escondrijo y un soldado le echó mano y tuvo que escapar desnudo, dejando la túnica en el lugar en el que Jesús había sido detenido[vi].

            Aquella noche nadie durmió en casa de Marcos. Poco a poco los discípulos, que habían abandonado a Jesús, fueron allí a refugiarse. Las noticias llegaban confusas y contradictorias. El viernes por la mañana, entre gritos y llantos, llegó alguien a comunicar que Pilatos había ordenado crucificar a Jesús. Sólo unos pocos estuvieron al pie de la cruz, acompañando al maestro. Mirando las olas de aquel mar por el que navegaba al encuentro de Pablo, Marcos recordó la angustia de aquel viernes y la tristeza y la frustración de todos durante el sábado, día de fiesta grande  en Jerusalén.

            Pero no todo acabó en la cruz. El domingo, aún muy temprano, unos gritos alegres despertaron a todos en casa de Marcos. Las mujeres que habían acudido a la tumba decían que el  sepulcro estaba vacío. Y poco después llegó Pedro, diciendo que el Señor había resucitado y se le había aparecido.

            Una vida nueva comenzó para Marcos con la  noticia de la resurrección de Jesús. Cuando tuvo edad para ello, acompañó a su tío Bernabé en la misión de extender por el mundo la buena noticia, y fue así como conoció a Pablo[vii]. Fueron tiempos felices, aunque no exentos conflictos. Marcos recordaba ahora el enfado de Pablo cuando decidió regresar a Jerusalén[viii].

            -¿Qué piensas, Marcos? – Las palabras de Timoteo despertaron a Marcos de su ensoñación.

            Marcos miró a Timoteo y vio que llevaba en sus manos el valioso pergamino que habían recogido en Tróade. Timoteo abrió el rollo por el principio y comenzó a leer: “Comienzo del evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios ...”.

Fernando Renau

[i] Ver II Carta a Timoteo 4,11-13.

[ii] Ver Marcos 15,21 y Carta a los Romanos 16,23.

[iii] Ver Marcos 14,15.

[iv] Ver Hechos de los Apóstoles 12,12.

[v] Ver Marcos 14,13.

[vi] Ver Marcos 14,51.

[vii] Ver Hechos de los Apóstoles 12,25.

[viii] Ver Hechos de los Apóstoles 13,13.

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