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SIGNOS DE DIOS EN EL HOMBRE

      Existen dos grandes vías de acceso racional a Dios: la vía antropológica y la vía cosmológica. En la primera se busca la presencia de Dios a través de determinadas huellas que éste deja en el interior del hombre. En la segunda, se encuentran huellas de Dios en la realidad del Universo.

           Vamos a analizar determinadas huellas en el hombre cuya causa suficiente sólo puede encontrarse en una realidad transcendente que llamamos Dios. Tres serán esas huellas que vamos a examinar: la conciencia moral, el sentido de la vida y el anhelo de lo infinito.

 

       1.- El testimonio de la conciencia moral

 

          Muchos han sido los pensadores que han visto en la conciencia moral del hombre una huella de la presencia de Dios. Entre otros, podemos citar a Kant, Newman o Scheler.

 

          Todo hombre puede experimentar que dentro de él se encuentra “algo” que le impulsa a obrar el bien y a evitar el mal. Es lo que se viene a denominar la “conciencia moral”, la cual, luego de que hayamos actuado, nos premia o nos castiga en forma de paz y tranquilidad o remordimiento. Es evidente que no todos los hombres tienen el mismo “código moral”, que para todos no todos son unánimes al juzgar buena o mala una misma acción. Sin embargo, sí parecen existir ciertas normas o reglas fundamentales que parecen grabadas dentro de lo más íntimo de cada hombre.

 

          La conciencia la experimentamos, por un lado, como algo propio. Pero además, si se analiza con detalle, se observa que las exigencias relacionadas con la conciencia moral son exigencias incondicionadas que se nos imponen, que no nos podemos dispensar por nosotros mismos. Es como si alguien nos hubiera impreso en nuestro interior ciertas reglas morales.

 

            Una de las consecuencias de la conciencia moral es el remordimiento y en arrepentimiento en el caso de realizar un acto considerado malo. La idea del arrepentimiento ha sido visto como un rasgo que nos manifiesta la existencia de un juez infinito que nos sale a nuestro encuentro. La conciencia sería la revelación de una realidad que transciende al mundo. En palabras del Vaticano II, la conciencia sería el sagrario del hombre, en el que éste se  siente a solas con Dios.

 

            2.- El sentido de la vida

 

            ¿Tiene un sentido la vida? Esta pregunta tiene un significado muy profundo, pues sólo si hay Dios es posible encontrar sentido último a nuestra existencia. La línea argumentativa que nos llega a esta conclusión estaría formada por los siguientes pasos:

 

            a.- La vida es una proyección hacia el futuro.  Nuestra vida es una constante proyección hacia el futuro marcada por los principios de confianza y de esperanza. El futuro es el horizonte hacia el que caminamos con esperanza y de modo confiado, pese a los contratiempos. Si la esperanza en el futuro desaparece la vida deja de tener sentido. En ese actuar cotidiano de proyección esperanzado hacia el futuro actuamos siempre con la idea general de que la vida tiene un sentido.

 

            b.- La amenaza del absurdo. Sin embargo, junto con ese principio de esperanza  con acompaña también de modo constante la amenaza del absurdo de la vida. Sobre todo ante la enfermedad y ante la muerte surge siempre la cuestión del absurdo de la vida. Si la muerte supone la desaparición total del hombre, la vida como totalidad carece de sentido, pues al final esa constante proyección confiada y esperanzada hacia el futuro culmina siempre en la nada. Ante esa experiencia del absurdo y el sinsentido, el futuro ya no se presenta ante el hombre como el horizonte de su realización, sino como una amenaza.

 

            c.- El postulado del sentido. Y pese a todo, los  psicólogos y psiquiatras nos advierten que existe en el hombre una confianza fundamental en la vida. Existe un postulado en lo más profundo de la estructura del hombre que afirma como  condición necesaria de nuestro actuar que la vida sí tiene un sentido. Son varios los signos de esa confianza fundamental en el sentido de la vida. Así, puede observarse que existe una tendencia natural en el hombre a concebir la realidad como algo en orden y con sentido, pese a las amenazas del absurdo y de la muerte. De otro lado, se observa también en el hombre una tendencia natural al juego y a la fiesta, que manifiesta su exigencia de “algo más”.

 

            Así, a pesar de estar acosado por la muerte, el hombre sigue siendo un ser que dice ¡no! a la muerte i que expresa constantemente una confianza fundamental en la realidad y en el sentido de la vida.

 

            d.- La exigencia de Dios. El postulado del sentido de la vida se alza, pues, como una condición ineludible de nuestro actuar. Pues bien, en la medida en la que el hombre supone un sentido absoluto de su vida reconoce también una realidad última, transcendente al mundo, que confiere a todo sentido. Sólo esa realidad transcendente da causa suficiente del porqué de esa convicción última de que la vida tiene un sentido. Y esa realidad transcendente es lo que llamamos Dios.

 

            Sólo el sí a Dios supone una confianza radical y últimamente fundada en la realidad y, por tanto, en el sentido de la vida.

 

            3.- El anhelo de infinito

 

       Si el hombre se examina en su interior descubre en su interior un anhelo de infinito. Existe una desproporción enorme entre lo que el hombre desea y lo que logra. Y es que, en el fondo, en el hombre late una aspiración infinita hacia la felicidad. Existe en el hombre una apertura ilimitada de su espíritu y una radical insatisfacción dentro de los límites de este mundo. La realidad transcendente e infinita constituye el último anhelo de todo hombre.

 

            ¿De dónde procede ese anhelo de infinito que hallamos en el hombre? Porque el hombre vive en un mundo de  realidades finitas.

 

            Si tiene que haber una razón suficiente que explique ese anhelo de infinito que encontramos en el interior del hombre, no  la podemos hallar en las realidades mundanas. Su origen estará en una realidad transcendente e infinita. Su origen está en Dios. 

     

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