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Hijo desde la eternidad

         Los católicos, al proclamar nuestra profesión de fe, afirmamos que Jesucristo es el Hijo único de Dios nacido del Padre “antes de todos los siglos”; con esta fórmula el credo cristiano introduce la idea de la preexistencia de Jesús como Hijo de Dios, antes de su nacimiento, desde la eternidad.

         Con el título de Hijo de Dios aplicado a Jesús la primitiva comunidad quiso señalar que Dios se ha revelado y comunicado en Jesús de Nazaret de una vez y para siempre, de modo definitivo, pleno y completo, por lo que Cristo habló y actuó en lugar de Dios, mostrando su verdadero rostro. Afirmada la filiación divina de Jesús, se planteaba otra cuestión que exigía igualmente respuesta: ¿desde cuándo surge esa especial relación entre Dios y Jesús?, ¿en qué momento Jesús es constituido por Dios como su Hijo?

         Esta pregunta no va a tener una respuesta unívoca. Se va a producir aquí lo que se ha venido a denominar la “retroacción progresiva” de la filiación divina de Jesús. En una primera reflexión, la exaltación de Jesús a la categoría de Hijo de Dios se entiende producida después de su resurrección. Pero a medida que avanza la reflexión los creyentes la irán retrotrayendo a fases anteriores de la vida de Jesús. En la escena de la Transfiguración la unidad de Jesús con Dios se establece ya previamente a la resurrección, poco antes del inicio de la pasión. El bautismo de Jesús retrotrae la filiación divina todavía más en el tiempo, a los comienzos de su vida pública. En los relatos de la infancia Jesús es ya Hijo de Dios  desde el momento de su concepción. Por último, en determinados pasajes de Pablo y en el Evangelio de Juan se da un paso más y la condición de Hijo de Dios de Jesús es ya anterior a su concepción: Jesús es Hijo de Dios desde el comienzo de los tiempos. Con esa evolución se pasa de una “cristología ascendente” (tras la pasión y muerte, con su resurrección Jesús es exaltado y elevado a la diestra de Dios) a una “cristología descendente” (un Cristo existente desde el comienzo de los tiempos y de condición divina desciende a la condición humana con la encarnación).

         La exposición anterior no implica, pese a lo que a primera vista pudiera pensarse, que la idea de la preexistencia aparezca tardíamente, al final del proceso de formación de los textos neotestamentarios. Contrariamente, la idea de la preexistencia y la “cristología descendente” que la sustenta surge relativamente pronto, seguramente conviviendo en el tiempo con las formulaciones que hemos denominado como “cristologías ascendentes”. Así, el concepto lo encontramos ya claramente en un texto muy antiguo, el llamado himno a Cristo en la carta a los Filipenses (Flp, 2, 6-8):

“El cual (Cristo) siendo de condición divina,

 no codició el ser igual a Dios

 sino que se despojó de sí mismo

 tomando condición de esclavo.

 Asumiendo semejanza humana

y apareciendo en su porte como hombre se rebajó a  sí mismo,

haciéndose obediente hasta la muerte

y una muerte de cruz.”

         Son numerosas también las fórmulas utilizadas por Pablo que presuponen la idea de la preexistencia de Cristo (por ejemplo, Gál 4,4; Rom 8,3). Pero es en el Evangelio de Juan en el que la idea de la preexistencia se aplica de modo insistente, tanto en el Prólogo (“En el principio existía la Palabra (...) ella estaba en el principio junto a Dios (...) Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros”) como en numerosos versículos. En todos estos lugares del Nuevo Testamento se sostiene, en definitiva, la existencia del Hijo de Dios en la eternidad de Dios previa a la encarnación.

         La idea de la preexistencia nos es en la actualidad difícil de asimilar. En cambio, en el ambiente cultural y religioso en el que surge el Nuevo Testamento esa idea, como se ha dicho por algunos, “flotaba en el ambiente”. La fomentaban distintas concepciones existentes en aquel momento histórico: la concepción judía de la eterna Sabiduría de Dios; las concepciones apocalípticas del futuro Hijo del hombre, ya preexistente y escondido en Dios; la teología rabínica que enseñaba la preexistencia ideal del mesías; y las concepciones gnósticas sobre la preexistencia de las almas humanas, caídas en la materia y que luego el proto-hombre divino devuelve al mundo de Dios. Los autores del Nuevo Testamento están inmersos en este contexto y van a utilizar estos esquemas conceptuales para desarrollar su reflexión teológica.

¿Qué se quiso expresar exactamente con la utilización del concepto de “preexistencia”? ¿Se trata acaso de una idea mitológica que hoy podemos y debemos desmitologizar? ¿O detrás de ella se esconden verdades dignas de ser consideradas y tenidas en cuenta también en este nuevo milenio? Esta última es la opinión de los  teólogos católicos de nuestro tiempo.

Si Dios se ha manifestado en Jesús de manera total y absoluta, si la significación de Jesús como revelación de Dios es única e irrepetible, entonces Jesús debió estar desde el principio en el pensamiento de Dios, por lo que puede decirse que pertenece a la esencia eterna de Dios. Desde la eternidad no hay otro Dios que el que se ha manifestado en Jesús. Por eso, como no hay otro Dios que el que se ha revelado en Jesús, éste cobra desde este Dios eterno y universal un significado también universal y eterno. Y en ese sentido, puede hablarse de una “preexistencia” del Hijo de Dios.

De otro lado,  con la idea de la preexistencia lo que se está señalando es que la relación de Jesús con Dios no surge a posteriori, no tiene una explicación acudiendo sólo al curso de la historia, no tiene su origen en el contexto de un acontecimiento meramente intramundano. Contrariamente, el papel y la pretensión de Jesús existe ya de antemano y está fundada en Dios mismo, su origen último sólo se explica desde Dios, en él es Dios quien actúa directamente.

Por último, con el concepto de la preexistencia lo que se expresa es que la relación entre Dios y Jesús es transcendente, va más allá del tiempo y del mundo, afecta a otra dimensión. Se expresa así el carácter escatológico de la persona y la obra de Jesús. En ese sentido transcendente y superador de la dimensión temporal puede decirse que Jesús pertenece a la definición eterna de la esencia divida, que Dios ha estado siempre en Jesús.

 

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