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Jesucristo y el Universo

           Los católicos proclamamos que Dios se reveló en Jesucristo de un modo definitivo y completo, ofreciendo a todos la salvación de forma única y universal. Dios se ha manifestado en Jesucristo de manera total, absoluta, e irrepetible. Así, decimos que Jesucristo pertenece a la esencia eterna de Dios. De este modo, Cristo adquiere una dimensión eterna y universal. Así, se afirma la preexistencia del Hijo de Dios desde la eternidad y su función mediadora en la creación entera, con lo que Cristo adquiere una dimensión cósmica, de auténtico Alfa y Omega del Universo. Como recientemente ha afirmado la Declaración Dominus Iesus, “el Magisterio de la Iglesia, fiel a la revelación divina, reitera que Jesucristo es el mediador y el redentor universal”.

         La reflexión sobre Dios en los albores del siglo XXI ha de tener inevitablemente en cuenta la explicación científica del mundo. Siendo ello así, ¿cómo hacer compatibles las ideas anteriores con la visión del universo que nos ofrece la ciencia, compuesto por millones de galaxias, formadas cada una, a su vez, por millones de estrellas, capaces de albergar muchas de ellas planetas en los que tal vez exista vida inteligente? ¿No será toda aquella reflexión sobre el Cristo cósmico el resultado de una concepción ptolomeica del mundo, según la cual la tierra, o nuestro sistema solar, aún es el centro del universo? La realidad de los espacios siderales poblados por millones y millones de galaxias no deja de tener sus consecuencias en el discurso teológico sobre la función de Cristo en el Cosmos y su relación con la totalidad del Universo. Si hay otros seres espirituales en otros planetas, ¿cuál es su relación con Jesús de Nazaret y el Cristo resucitado? El mandato del Resucitado de extender el evangelio “hasta los confines de la tierra”  ¿deberá entenderse ampliado con el objeto de que la salvación de Cristo se extienda también a los seres de dichos planetas, a los cuales deberá predicarse el evangelio, como si se tratara de nuevos paganos? ¿O  tal vez el Verbo Divino se habrá comunicado ya con ellos en otra forma de encarnación?

         Alguien podrá pensar que se trata de meras especulaciones, de auténtica “teología ficción”, pura especulación teórica e inútil, peligrosamente cercana a la herejía. Sin embargo, se trata de preguntas que han preocupado también a teólogos cristianos de prestigio. Como ha señalado Leonardo  Boff, a quien vamos a seguir en esta reflexión, “habrá quien diga que estas preguntas son ociosas y sin sentido porque no estamos en condiciones de responderlas adecuadamente”, pero “no creemos que nadie tenga derecho a limitar la capacidad humana de preguntar y cuestionar, especialmente en el campo religioso, en el que tocamos deslumbrados el Misterio absoluto de Dios” (Leonardo Boff, Jesucristo Libertador, edición catalana publicada en 1975, por cierto con el “nihil obstat”  del Obispado de Barcelona).

         ¿Existen otros seres racionales en el cosmos, además del hombre? Desde la fe, nada impide su existencia, más bien lo contrario: en razón de la inmensidad del universo creado por Dios se puede suponer que existan también otros seres espirituales. Así las cosas, si decimos que la encarnación del Logos eterno pertenece al orden de la creación querida por Dios, entonces también podemos decir que así como el Logos eterno que llena toda la realidad apareció en nuestra carne, asumiendo las coordenadas evolutivas de nuestro sistema galáctico, nada impide que este mismo Logos eterno haya aparecido y asumido las condiciones espirituales y evolutivas de otros seres en otros sistemas. El modo redentor, tal y como fue realizado aquí en la tierra, sólo sería una forma concreta entre otras tantas por las cuales el Verbo de Dios se relaciona con la creación. En palabras textuales de Leonardo Boff, a quien estamos siguiendo, “nada impediría tampoco que otras personas divinas se hayan encarnado. El misterio de Dios Trino es tan profundo e inabordable que nunca  podrá ser agotado  por una concreción como la que se realizó dentro de nuestro sistema galáctico y terrestre”.

         La Biblia sólo da testimonio de la historia de la salvación humana, sin especular en absoluto sobre otras posibilidades, porque en el momento en la que fue redactada estos problemas a los que ahora nos estamos refiriendo (la pluralidad de galaxias con millones de planetas) eran completamente desconocidos. Nosotros, en cambio, nos encontramos enfrentados a estas preguntas. Las posibles respuestas han de ser extraídas de un horizonte más amplio, a partir del mismo misterio de Dios y de su relación con Su creación. Jesús, en cuanto es un hombre como nosotros y en cuanto es el Logos que asumió nuestra condición, sólo interesa a nuestra historia. Pero Jesús no es sólo un hombre. Él forma parte de una unidad inconfundible e indivisible con el Logos eterno de Dios, Segunda Persona de la Trinidad. Y en este sentido interesa a la totalidad de la realidad. El Logos que lo llena todo, y que puede haber asumido en otros sistemas otras condiciones diferentes de las nuestras, aquí entre nosotros se llamó Jesús de Nazaret. El cosmos permite ciertamente otras dimensiones y, por lo tanto,  otras relaciones con Dios y con su comunicación a través del Verbo, diferente a la realizada por Jesús de Nazaret. Sin embargo, para nosotros ésta fue la forma con la que Dios no ofreció su gracia y la  salvación.

         La pluralidad de mundos habitados que tal vez pueblen el universo implica que, en principio, no se pueda excluir que el Verbo de Dios haya podido encarnarse en otros mundos de formas diversas a la que nosotros conocemos (Jesús de Nazaret). Sin embargo ello en nada afecta al hecho cierto de que, en el mundo que nosotros conocemos (y que por el momento es el único habitado por seres inteligentes y espirituales que se conozca) la comunicación de Dios con sus criaturas se ha realizado de modo pleno y definitivo a través de Jesucristo, en quien se ha encarnado el Logos eterno.

        
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